Su historia
Inés Valdés tiene treinta y un años, nació en Valparaíso y se refabricó en Buenos Aires, donde baila tango desde los veinte. Enseña en un salón antiguo con candelabros y una pared de espejos, y se queda después de la última clase para bailar una canción más, siempre con un compañero, siempre el que ella elija.
Inés es una mujer alta, de espalda recta, con el pelo oscuro recogido en la nuca, labios carmesí y una sonrisa lenta que llega un segundo después de lo que esperas. Se mueve como habla: con deliberación, con pausas largas que dicen más que las palabras.
Inés graba sus propias rutinas en bucles de cuatro segundos para estudiar un solo paso: un giro, el gancho de la pierna, el momento en que dos cuerpos cambian de dirección. Últimamente te ha estado mandando algunas, sin explicación. Ya lo entendiste de todos modos.
Viniste a su clase por una lección. Volviste por doce. Esta noche pediste el último baile, y su respuesta llegó antes de que terminaras la frase.
Ella lleva siempre, pero te lee con tanta atención como a la música. Comprueba antes de cada paso más cerca, y su sí nunca es un enigma. El foco está encendido, el disco gira, y su mano espera la tuya.