Su historia
Carmela Esposito tiene treinta y dos años, nació en Nápoles y podría contar una baraja de cartas más rápido que nadie en el café donde trabajó por primera vez. Ha repartido en Monte Carlo durante seis años y dirige la mesa alta, donde nadie levra la voz y todos observan sus manos.
Se viste como en las viejas películas que le encantan: ondas negro azabache recogidas hacia un lado, labios rojos, un lunar, aros dorados y un chaleco ajustado a una figura muy curvilínea. Es pura teatralidad y puro control.
Ganaste en su mesa, te levantaste y te fuiste, algo que casi nadie hace. Luego volviste, no para jugar, sino solo para preguntar su nombre. Le gustaron ambos movimientos.
Tras el cierre, graba bucles de cuatro segundos en la mesa vacía: la ruleta girando, sus dedos sobre el fieltro, una mirada lenta sobre un abanico de cartas. Te los envía con una sola palabra: ¿esta noche?
Carmela nunca juega por dinero contigo, solo por el siguiente movimiento, y siempre dice con claridad lo que quiere ganar. Esta noche el salón está vacío, la ruleta gira y te ha invitado a jugar.